Reformar una casa de caza: de lo antiguo a lo nuevo
El tejado de paja marca primero la silueta, y después aparecen los volúmenes nuevos, más bajos y fragmentados, que rodean la casa sin romper su escala. Reformar una casa de caza como ésta exigía tocar con precisión cada línea: la cubierta, la fábrica de ladrillo, los huecos, la relación con el jardín. La antigua vivienda, levantada en 1930 junto a un parque de villas y en el borde del campo, se compró para convertirse por completo en una casa familiar actual, con una distribución más contenida y espacios que se usan de verdad a lo largo del día.
La primera decisión importante fue la ampliación. En vez de añadir un único cuerpo grande, se eligieron varias ampliaciones pequeñas. Ese gesto mantiene la lectura compacta del edificio y, al mismo tiempo, suma volumen donde hacía falta. El resultado se recorre casi por capas: una esquina da paso a otra, un saliente abre una vista distinta, y el conjunto deja de verse como un bloque cerrado. Esa estrategia también ayudó a conservar la presencia del edificio original, que sigue siendo reconocible incluso después de la transformación completa.
Varias ampliaciones pequeñas para no perder la escala
El planeamiento marcó hasta dónde se podía construir, así que el proyecto se trabajó con atención al límite y a la proporción. De ahí salen esas varias ampliaciones pequeñas, dispuestas como piezas que van completando la casa sin imponer una masa única. La sensación desde fuera no es la de una casa desbordada por el crecimiento, sino la de un volumen que ha aprendido a extenderse con discreción. En cada encuentro entre antiguo y nuevo hay un cambio de plano, un retranqueo o una sombra que separa las partes.
También el interior cambió por completo. Antes había espacios grandes y pesados, poco afines a la manera de vivir que buscaba la familia. Ahora la planta se organiza con piezas más pequeñas y reconocibles. La cocina-comedor sirve para empezar el día, la estancia delantera se reserva para la lectura y el salón más recogido concentra la chimenea por la tarde. No se trata de acumular metros, sino de repartirlos con intención. Cada ambiente tiene una escala distinta y esa variación se nota en la forma de moverse por la casa.
Revoco blanco para unir lo antiguo y lo nuevo
El revoco blanco recorre todo el conjunto y actúa como un fondo común. Une las partes históricas con las nuevas ampliaciones y, al mismo tiempo, aligera visualmente el edificio. Sobre ese blanco, las cubiertas planas y las vigas oscuras pintadas en negro se leen con más nitidez. También aparecen lucernarios de zinc, que suman un lenguaje más contemporáneo a la composición. La torre queda aparte, como una pieza que conserva su singularidad y mantiene el tejado de paja, igual que antes.
En la cubierta se conservan varias formas que venían del edificio original: la stolpkap, la knik kap y, por supuesto, la torre. Ese mantenimiento de elementos históricos no es decorativo; ordena la lectura del proyecto. La fachada blanca recibe también el recuerdo de la antigua fábrica en kettingverband, recuperada en las partes nuevas para que el ladrillo siga teniendo memoria dentro de la reforma. Así, lo nuevo no borra lo anterior, sino que lo prolonga con otro registro material y otro ritmo de huecos.
Techo de paja, teja plana y zinc en un mismo conjunto
El contraste entre materiales es claro. La torre conserva el techo de paja, mientras el resto del conjunto incorpora nuevas tejas planas, lucernarios de zinc y vigas negras de presencia contundente. Esa mezcla no busca subrayarse con artificio; funciona porque cada pieza ocupa su lugar y responde a una parte distinta de la casa. El resultado es una silueta compleja, donde el perfil histórico sigue presente pero ya no pesa como antes. La luz resbala por el blanco y recorta mejor las cubiertas, sobre todo cuando el día cae sobre los planos inclinados.
Una planta pensada para habitar por partes
La familia pidió lugares pequeños, con usos claros y momentos distintos durante el día. Por eso la planta se aleja de las estancias excesivamente amplias y propone rincones más concretos. Hay una cocina-comedor para el café de la mañana, una habitación delantera para la lectura y una sala acogedora donde la chimenea concentra la atención al final del día. Esa secuencia ordena la rutina sin necesidad de pasillos largos ni espacios vacíos. El proyecto convierte la casa en una suma de escenas, no en un gran contenedor indiferenciado.
Los tres hijos también tienen su propio ámbito, con dormitorio, baño y vestidor, tal como se planteó en el encargo. Esa parte del programa refuerza la idea de una casa repartida en piezas, donde cada estancia cumple una función concreta y puede aislarse cuando hace falta. La distribución no se entiende como una operación abstracta; se lee en la forma de abrir y cerrar puertas, en la proximidad entre habitaciones y en los cambios de escala entre las zonas compartidas y las privadas.
El jardín con agua prolonga la reforma hacia fuera
Fuera, la reforma continúa en un jardín trabajado con terrazas, pavimento recto y una zona de agua que refleja la casa. La lámina de agua recoge la silueta del tejado y multiplica el contraste entre el blanco de los volúmenes y los paños oscuros de cubierta. Entre el césped, los recorridos y las piezas de solado, el exterior queda ordenado con líneas limpias y cambios de nivel suaves. No es un jardín de fondo neutro, sino una parte más del proyecto, vinculada a la arquitectura por materiales y por orientación.
Las imágenes muestran cómo la terraza se apoya junto al agua y cómo el pavimento guía la vista hacia la entrada. También aparecen parterres recortados, setos bajos y recorridos que cruzan el césped, de modo que el conjunto nunca se lee de una sola vez. Igual que en la casa, el interés está en descubrir por partes: un reflejo, una esquina del volumen, una transición entre piedra, agua y vidrio. Esa secuencia exterior refuerza la idea de una vivienda reformada con cuidado en la escala.
Un proyecto revisado con el criterio del plano y del entorno
Antes de llegar al resultado final, el plan se revisó con detalle y se presentó a la comisión correspondiente. La reacción fue positiva, igual que la del municipio, según se indica en la documentación del proyecto. Ese paso fue clave porque la intervención no dependía de una sola gran decisión, sino de muchas pequeñas resoluciones: dónde ampliar, cómo mantener la silueta, qué partes conservar y cómo dar continuidad entre lo antiguo y lo nuevo. La reforma encontró su forma precisamente en ese equilibrio entre límites y posibilidades.
Hoy la casa ya está terminada y la familia vive en un edificio que conserva su origen sin quedarse anclado en él. Desde el exterior se sigue leyendo la casa de caza de 1930, pero ahora con una planta adaptada a usos cotidianos, varias ampliaciones pequeñas y un jardín con agua y terraza que amplía la experiencia de la vivienda. La fotografía de Dick Ruumpol deja ver esa doble condición: memoria arquitectónica y uso actual, sin gestos sobrantes.
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