Casa en un talud
La pendiente manda desde el primer vistazo. Sobre un solar largo y poco profundo, la casa en un talud se estira hasta resolver una planta de 30 metros de largo por apenas 5,5 metros de fondo. La calle queda al sur y la vivienda responde con un frontal abierto, casi dibujado por bandas de vidrio y planos limpios. La parcela, elevada más de 4 metros sobre el nivel de la vía, permite que la relación con el exterior se lea sin perder intimidad.
Una casa alargada encajada en la pendiente
La implantación aprovecha el desnivel como parte del proyecto, no como un obstáculo. El terreno se recorta para alojar el acceso, la cochera interior y el vestíbulo en nivel sótano, mientras el resto del volumen se posa sobre la pendiente con una presencia baja y extendida. Esa operación deja una huella clara en la calle: una incisión precisa en el talud señala la entrada y mantiene el contorno de la excavación limpio, casi técnico. El gesto es sobrio, pero muy legible.
En esa primera franja también aparece una entrada acristalada que da al conjunto un tono más ligero. La luz atraviesa el acceso y rebaja el peso del talud cortado. Al no sacar el recibidor al exterior, el frente conserva una lectura continua, sin piezas añadidas ni pasillos expuestos. La casa en un talud se presenta así como una secuencia de estratos: terreno, acceso, vidrio y volumen habitable.
La fachada de vidrio y los aleros al sur
Por encima del nivel de sótano, una gran pieza vidriada marca dónde empiezan las estancias principales. La fachada de vidrio alarga la línea horizontal del edificio y abre vistas sobre el paisaje verde, sin renunciar a una composición controlada. Los perfiles oscuros recortan los paños y hacen más evidente la longitud del frente. En vez de cerrarse hacia la calle, la vivienda usa la transparencia para ordenar la relación con el entorno.
El vuelo de la cubierta sobre la fachada sur actúa con un papel muy concreto. Los aleros al sur reducen el sobrecalentamiento en verano y dejan entrar la ganancia solar pasiva en invierno. Esa profundidad horizontal también dibuja sombra sobre el vidrio y afina el espesor visual de la fachada. Desde fuera, la casa gana una línea de cornisa marcada; desde dentro, la protección se traduce en una luz más estable a lo largo del día.
Un frente abierto que no pierde privacidad
La condición elevada del solar cambia la lectura del frontal abierto. Aunque la vivienda se expone más hacia la calle, el desnivel protege las zonas interiores de las miradas directas. La parcela se sitúa por encima del trazado urbano y eso permite trabajar con grandes superficies acristaladas sin convertir la casa en una vitrina. La transparencia, aquí, no es una renuncia a la intimidad, sino una manera de aprovechar la distancia topográfica.
La zona de estar se lee como un plano continuo, pero no como un espacio indiferenciado. La circulación vertical y el almacenamiento se colocan entre el despacho y la vida diaria para absorber ruido y movimiento. Esa franja intermedia ordena el plano y deja que las estancias principales respiren hacia la fachada. La casa alargada no se dispersa: distribuye las funciones con precisión y mantiene cada uso en su sitio.
Patio en el plano y vida interior exterior
En el corazón de la planta, un patio en el plano separa la cocina del comedor. No funciona como vacío decorativo, sino como una pieza que introduce luz en los muros y afina la relación entre usos. La cocina conserva contacto visual con la calle, mientras el comedor gana una referencia más recogida. Entre ambos, el patio organiza una transición corta, hecha de reflejos, sombra y un cambio claro de atmósfera.
Las grandes correderas prolongan esa lectura hacia el exterior. Cuando se abren, la comida y las visitas pasan a un umbral intermedio en el que dentro y fuera se mezclan con naturalidad; cuando se cierran, cada estancia conserva su definición. Esa flexibilidad da forma a una vida interior exterior que depende menos del gesto escénico que de la posición exacta de los huecos, del patio y del recorrido de la luz sobre las paredes.
Una secuencia de usos bien separada
La planta baja reúne espacios abiertos, pero evita que todo quede expuesto al mismo tiempo. El despacho queda filtrado por el volumen de servicios; la cocina mira al patio y a la calle; el comedor se vuelca hacia las aperturas grandes. Esa distribución hace que los recorridos sean cortos y que cada estancia tenga una relación distinta con el exterior. El resultado no es una gran sala continua, sino una serie de escenas conectadas por vacíos y pasos estrechos.
También la materialidad se percibe en capas. Se ven muros claros, carpinterías negras y una pavimentación sobria que no compite con el paisaje. En las imágenes, la luz entra de lado, rebota en planos blancos y se concentra en los bordes de las aberturas. El interior minimalista no busca neutralidad absoluta; deja que la estructura espacial se entienda con rapidez, sin ruido visual.
La zona de noche, más cerrada y más resguardada
Hacia la parte privada, el frente cambia. Un paño más cerrado protege el dormitorio principal y el baño de las vistas desde la calle. La noche gana un carácter propio, más recogido, con un porche exterior cubierto que se prolonga hacia la piscina situada en el jardín lateral. Esa pieza de transición no actúa como remate ornamental, sino como un lugar de uso real, entre interior y agua, entre sombra y aire.
El baño recibe luz natural a través de un lucernario, lo que evita depender solo de los huecos laterales. En el dormitorio, una corredera enmarca la vista y corta el paisaje en una imagen precisa. El contraste con la fachada de vidrio del nivel de día es claro: aquí los vanos se dosifican, el cerramiento pesa más y la privacidad toma prioridad sin bloquear del todo la relación con el entorno.
Un volumen-torre sobre la barra habitable
La planta superior aparece como un volumen más vertical, casi una torre apoyada sobre la barra alargada de la vivienda. Alberga la zona infantil, con dormitorio y espacio de juego, y cambia la proporción general del conjunto. Frente a la horizontalidad dominante de la casa en un talud, este cuerpo introduce una señal más rotunda y sirve para leer la organización por niveles desde la calle y desde el jardín.
Ese remate no rompe la composición; la completa con una pieza que concentra un uso concreto. Desde fuera, la vivienda alterna tramos largos y un punto más alto, como si la pendiente hubiera sido traducida a arquitectura por medio de capas y desplazamientos. Desde dentro, la casa mantiene la misma lógica: huecos largos para la luz, partes más opacas donde hace falta resguardo y una circulación que cose el conjunto sin imponerse.
El proyecto fue concebido como una intervención total, y el interior desarrolla con más detalle esa misma lectura espacial. Aquí se entiende ya la base: una casa en un talud que convierte la pendiente, la longitud del solar y la transparencia en una sola estructura habitada.
Fotografía
Philippe Vangelooven
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