Casa en forma de embudo
La casa en forma de embudo toma la parcela como punto de partida y la convierte en una planta que guía la mirada. La entrada no se presenta de golpe: la carport y el acceso quedan integrados en la fachada frontal y obligan a avanzar con calma hacia la puerta. Esa secuencia, casi contenida, hace que la casa se descubra por partes y que el jardín posterior aparezca tarde, cuando el recorrido ya ha cruzado varios planos de luz y sombra.
Un acceso que dosifica la vista
La geometría del acceso repite la idea del embudo en una versión arquitectónica. La fachada inclinada conduce al visitante, mientras la celosía deja pasar la luz hacia el sótano, donde se sitúan las estancias nocturnas de los padres. No se trata solo de un gesto visual. El plano perforado trabaja también como filtro de luz y como pieza que enlaza la entrada con el nivel inferior. Desde fuera, la casa mantiene el recorrido en tensión; desde dentro, esa misma inclinación organiza el paso y retrasa la lectura completa del interior.
En el centro de la vivienda, un patio interior introduce claridad entre la cocina y la zona de estar. La luz cae en vertical y se reparte hacia las piezas próximas, mientras un segundo aporte luminoso entra por la escalera y alcanza el comedor. La arquitectura con luz natural no se limita aquí a abrir huecos: usa la sección para llevar el día hasta el corazón de la planta. Por eso los espacios principales no dependen de una sola ventana, sino de varias entradas de luz que se cruzan y cambian el ambiente según la hora.
Terraza cubierta con claraboyas y agua al lado
La terraza amplía la casa hacia el exterior con un trazado variado. Bajo la cubierta, el comedor se anima con claraboyas redondas de distintos diámetros que proyectan reflejos sobre el pavimento y sobre la piscina. Esa relación entre apertura superior y plano horizontal marca el carácter del lugar: la luz no cae de forma uniforme, sino que aparece fragmentada en círculos y destellos. A un lado del agua, un segundo terraza ofrece una zona de asiento más recogida, expuesta al sol y separada del comedor por la propia secuencia del jardín.
La casa con piscina se entiende aquí como una extensión del recorrido interior. El vaso de agua acompaña la longitud de la vivienda y recoge la luz que entra desde la cubierta y desde la franja acristalada del fondo. Los bordes de piedra y el suelo exterior refuerzan esa lectura, mientras la relación visual entre el salón, la terraza y el agua mantiene abiertas varias direcciones al mismo tiempo. El exterior no queda como fondo; actúa como otra estancia, con usos diferenciados y con cambios claros de posición.
La luz también se mueve con el jardín
Las sombras de la cubierta y los reflejos sobre el suelo de la terraza cambian el espacio durante el día. Lo que en un momento es un comedor protegido, más tarde se vuelve una superficie atravesada por círculos de luz. Esa variación está ligada a la posición de las claraboyas y a la relación con la piscina, visible desde varios puntos de la casa. El resultado es una secuencia exterior que no se agota en la imagen del agua, sino que suma techo, pavimento y reflejos como parte de una misma construcción espacial.
Materiales repetidos, lectura clara
Los tonos marrones de la piedra de fachada y de la carpintería exterior fijan una base común en todo el conjunto. El vidrio, unido con el menor espesor posible, refuerza la continuidad entre dentro y fuera y deja que el volumen se lea sin interrupciones excesivas. La gran paño de la planta alta en la fachada frontal sigue en ángulo la forma del acceso y baja visualmente hasta el sótano, de modo que la altura completa de la vivienda queda contenida en un solo gesto acristalado. Esa pieza concentra la imagen exterior de la casa.
Dentro, la combinación de hormigón, madera y suelos de granito organiza una lectura inmediata de cada estancia. Los materiales no se acumulan; se repiten con variaciones muy controladas. El hormigón marca algunos planos y muebles, la madera suaviza las zonas de almacenaje y el granito sostiene el paso entre estancias. En las imágenes, esa lógica se reconoce en los tableros cálidos, en los frentes de armario y en las superficies lisas que reciben la luz de forma distinta según la habitación. La casa en forma de embudo se mantiene unida por esa repetición material.
Un interior que guarda el giro hasta el final
La entrada no revela el conjunto de una vez. Primero aparece el vestidor, luego el ángulo del mueble que desvía la mirada y solo después se abre la vista hacia las zonas de estar y el jardín. Más adelante, el volumen box-in-box introduce el aseo, la escalera y el almacenamiento como un núcleo compacto. Ese centro organiza la circulación y deja que las estancias principales se lean alrededor. El interior box-in-box no funciona como una pieza autónoma, sino como el dispositivo que retrasa, encuadra y ordena la experiencia del espacio.
La secuencia se apoya en cambios de altura, huecos laterales y aberturas largas. Desde el paso de entrada hasta el comedor, la vivienda va soltando información poco a poco. La mesa de hormigón, prolongación de la isla de cocina, es una de las piezas que fijan esa continuidad entre cocinar y comer. Cerca de ella, el patio interior vuelve a aparecer como un vacío útil, no decorativo, que lleva claridad a las zonas centrales y permite que la cocina y la zona de estar compartan la misma presencia de luz sin perder su propia posición.
Madera y hormigón en interior, sin cierre brusco
La cocina y el estar se sostienen sobre frentes de madera, planos blancos y superficies minerales. La iluminación integrada en los nichos acentúa los cambios de material, mientras la escalera abre una línea de luz hacia la mesa. No hay un único punto protagonista. El espacio se construye con bordes, con encajes y con vacíos que dejan pasar la vista. En lugar de cerrar la planta, el proyecto la articula con elementos que dejan ver otro ámbito al fondo: una puerta, un giro, un plano de vidrio, un banco de hormigón.
Dos niveles, dos maneras de habitar la noche
La planta superior pertenece a los niños. Allí hay tres dormitorios, dos de ellos enlazados por una puerta corredera, y un pasillo que se aprovecha como escritorio y zona de estar. La escalera que sube a esa parte puede cerrarse con otra corredera, de modo que el nivel queda claramente separado del resto de la vivienda. Esa decisión no responde solo a la distribución; define también el ritmo de uso y la relación entre lo compartido y lo privado. La casa reserva esa altura a otra manera de ocupar el tiempo y la luz.
En el sótano, el área de los padres reúne dormitorio, vestidor y baño en una pieza más recogida. Sin embargo, no queda oscura. El gran paño de vidrio de tres alturas recoge la luz a través de la celosía del nivel superior y de un patio en planta baja, y la lleva hasta las estancias inferiores. Esa condición cambia por completo la lectura del subsuelo. El espacio nocturno no se encierra; recibe claridad desde arriba y desde un lateral, y mantiene así una relación directa con el resto de la casa y con el exterior inmediato.
La vivienda termina de definirse por esos cruces: acceso retrasado, patio interior, terraza cubierta con claraboyas y un recorrido que alterna compresión y apertura. La arquitectura contemporánea aquí no busca mostrarlo todo al entrar, sino construir una secuencia. El embudo, la luz y los materiales comunes sostienen esa lectura desde la calle hasta el jardín, desde el sótano hasta la planta infantil.
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