Interior histórico con entreplanta
El ladrillo descarnado y las vigas de madera dejan el peso del edificio a la vista, mientras un volumen blanco interrumpe la lectura habitual de la planta. En este interior histórico con entreplanta, la altura no se reserva para contemplar el espacio desde un solo punto, sino para recorrerlo por tramos, subir, bajar y cruzar entre piezas conectadas.
Ladrillo visto frente a volumen blanco
La primera impresión nace del contraste entre el muro antiguo y la pieza nueva. El ladrillo visto y interior moderno aparece sin ocultaciones: juntas irregulares, superficies desgastadas y una pátina que marca el paso del tiempo. Frente a eso, el volumen blanco arquitectónico dibuja un plano limpio que envuelve la escalera, la entreplanta y varias funciones interiores. No se impone por exceso, sino por su forma continua, que ordena la estancia alta y deja respirar el perímetro de obra histórica.
La planta baja funciona como un espacio abierto de uso cotidiano, pero el proyecto evita que todo quede en un único plano. El interior histórico con entreplanta se entiende mejor cuando se recorre: la mirada pasa del ladrillo al blanco, del techo con vigas al hueco central, y de ahí a las piezas integradas en el mueble de madera. El resultado es un espacio reformado donde cada cambio de material anuncia un cambio de uso.
La escalera escultórica blanca como eje del recorrido
La escalera escultórica blanca aparece como una pieza partida y plegada, casi una pared habitada. Sus peldaños desplazados generan una circulación en desniveles que no sigue una línea recta: obliga a girar, a mirar hacia arriba y a descubrir el intermedio entre planta y entreplanta. En las imágenes, ese gesto se lee con claridad en el volumen blanco que corta el vacío y convierte el ascenso en parte de la composición.
En lugar de esconder la distribución, la hace visible. La escalera se apoya junto a la biblioteca incorporada y marca el paso hacia la zona alta, donde se ubican varias funciones. El espacio histórico reformado gana así una secuencia precisa: primero el plano bajo, después el salto de altura, luego la plataforma intermedia. Cada tramo cambia la relación con el techo, con la barandilla y con los muros de ladrillo que siguen presentes detrás.
Una entreplanta que no cierra el espacio
La entreplanta no actúa como un forjado cerrado, sino como una pieza que deja ver lo que ocurre abajo. Desde la planta principal se percibe la barandilla, el vacío central y parte del mobiliario empotrado. Esa lectura abierta es la que convierte el interior histórico con entreplanta en algo más que una suma de cuartos: la altura se convierte en un recurso de organización, y los recorridos en desniveles hacen que el conjunto se descubra paso a paso.
Funciones integradas en un mismo volumen
Dentro del cuerpo blanco se concentran varias piezas de uso diario: una cama de invitados, una pared para proyección, una pantry y un aseo. El hecho de agruparlas no resta claridad, porque el volumen arquitectónico las separa sin aislarlas. Cada hueco, cada plano y cada cambio de cota establece un límite legible. Así, el interior histórico con entreplanta puede alojar estancias distintas sin perder la sensación de continuidad espacial.
El otro foco funcional está en el mueble de madera, donde se integran una zona de trabajo y una bañera de hidromasaje. No se presenta como un elemento ornamental, sino como una pieza robusta que resuelve dos usos en un mismo frente. El contraste entre la madera, el ladrillo y el acabado blanco refuerza la lectura del proyecto: un espacio reformado que acepta el programa contemporáneo sin borrar la estructura antigua que lo sostiene.
Estanterías integradas junto a la escalera
Las estanterías integradas aparecen junto al volumen de la escalera y acompañan la transición entre estar, subir y mirar. Su presencia alarga el muro y aprovecha la altura disponible sin añadir objetos sueltos. En las imágenes, la biblioteca se apoya sobre una estructura oscura y contrasta con el blanco de la pieza principal, lo que ayuda a distinguir el recorrido y a fijar el uso de cada franja del espacio.
Ese trabajo de carpintería es importante porque evita la fragmentación del conjunto. Donde podría haber pasillos residuales o rincones sin función, aparecen baldas, planos de apoyo y almacenaje. El interior a distintos niveles gana densidad sin perder orden. La escalera escultórica blanca, las estanterías integradas y la barandilla de la entreplanta forman una secuencia que acompaña al usuario en lugar de dispersarlo.
El peso del techo y la luz sobre el ladrillo
Las vigas de madera son uno de los elementos que más marcan la escala del espacio. Cruzan el techo con una presencia densa y dejan claro que se trata de un edificio antiguo, no de una envolvente neutra. Bajo ellas, el ladrillo irregular conserva marcas, sombras y zonas más oscuras que cambian con la luz. Esa combinación hace que el interior histórico con entreplanta tenga una temperatura material muy concreta, construida a partir de lo que ya existía.
La luz no se limita a iluminar la estancia; recorta los bordes del volumen blanco y subraya las aristas de la escalera. En el fondo, la pared de ladrillo sirve como plano para una zona de proyección visible en las fotografías, y esa superficie amplía la lectura del espacio sin necesidad de añadir más elementos. El contraste entre muro antiguo y volumen contemporáneo no es decorativo: organiza la profundidad, jerarquiza las vistas y define dónde descansa la atención.
Acceso al jardín desde el muro posterior
En el cierre posterior del edificio se ha abierto un paso hacia el jardín. Ese gesto conecta el interior con otro plano de uso y evita que la planta quede encerrada en sí misma. La apertura se suma al sistema de desniveles del proyecto y amplía el recorrido más allá del vacío central. En este interior histórico con entreplanta, la relación con el exterior llega al final del trayecto, después de atravesar escalera, plataforma y zonas integradas en el volumen blanco.
Lo que queda es una secuencia de materiales y alturas bien definida: ladrillo, madera, blanco, huecos y barandillas. No hay un solo gesto protagonista, sino una construcción por capas donde cada función ocupa un lugar preciso. Esa es la fuerza del espacio histórico reformado: convertir un edificio antiguo en una composición habitable de recorridos, piezas incorporadas y superficies que todavía dejan ver su origen.
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