Estanque de nado con filtración natural
La línea del agua recorta el jardín con una forma orgánica, pero dentro aparece un gesto más preciso: una zona de nado rectangular que ordena toda la escena. Ese contraste define la lectura del espacio desde el primer paso. Las plantas de ribera suavizan el borde, mientras la filtración natural de la zona de pantano y el sistema de filtrado mantienen el agua clara sin romper la imagen tranquila del conjunto. A pocos metros, la tarima de madera da un punto de pausa junto al estanque de nado.
Una masa de agua con dos ritmos
El estanque no se limita a dibujar una silueta libre. La forma orgánica abraza el jardín, y en su interior la zona de nado rectangular introduce una geometría más clara. Esa doble lectura se percibe en el borde, donde la vegetación crece con más densidad y borra la transición entre el agua y la plantación. Las orillas no quedan resueltas como una línea dura; los bordes florales las hacen avanzar y retroceder, con una presencia vegetal que cambia el perfil del estanque a lo largo del recorrido.
La claridad del agua se explica por la filtración natural de la zona de pantano, reforzada por un sistema de filtrado. La solución no se oculta, pero tampoco domina la vista. Se lee a través de la vegetación, del agua quieta y de la relación entre la parte natural y el área pensada para nadar. En lugar de aislar ambas piezas, el jardín las deja trabajar juntas. Así, el estanque de nado mantiene una imagen serena sin perder la definición de su zona rectangular.
Tarima de madera y borde de agua
Junto al vaso aparece una tarima de madera con tablas de madera dura cepillada. Es una pieza sencilla, pero muy visible en el uso cotidiano del jardín. Sirve para detenerse antes de entrar al agua y para salir de ella sin pasar directamente al césped o al pavimento. La superficie de la tarima aporta una transición clara entre el estanque y el resto del espacio exterior, y su posición junto al agua hace que el borde se use, no solo se mire.
En las imágenes, esa tarima se entiende también como punto de apoyo visual. Las plantas acuáticas y la vegetación de ribera quedan cerca, casi al nivel de la mano, y eso hace que el borde del estanque de nado parezca más cercano. El metal de la barandilla, los juncos y el agua forman una pequeña secuencia de materiales y texturas. No hace falta más para que el acceso se lea con claridad.
Piedra pesada, trazado preciso
La parcela cambia de registro en la entrada, donde el pavimento principal está resuelto con piezas de gran formato. Las losas de hormigón ocupan mucho plano y refuerzan la lectura geométrica del acceso. En la descripción del proyecto se habla de elementos muy pesados, colocados con ayuda de una grúa y una unidad de vacío sobre una base de arena nivelada. Ese dato da idea de la escala real del conjunto: no se trata de un jardín ligero, sino de una obra que combina precisión de colocación y peso material.
En la parte posterior, el pavimento de terraza vuelve a aparecer y fija la relación entre la casa y el jardín. A su alrededor se alternan piedras de paso en el césped, ladrillos cocidos y una superficie de grava estabilizada. Ese cambio de texturas evita que el recorrido se vuelva rígido. Las piedras de paso abren un camino sobre el verde; el pavimento de terraza mantiene el área de estar; la grava estabilizada suaviza el paso hacia la zona más natural del jardín.
Un descanso al borde del césped
La zona lounge se apoya sobre las losas y se protege con una sombrilla grande. Los asientos oscuros y la mesa baja quedan en una posición muy legible, sin competir con el agua ni con la vegetación. Desde ahí, el jardín se despliega en capas: primero el pavimento, después las borduras, luego el césped. Esa secuencia ayuda a que el estanque de nado no se perciba como un elemento aislado, sino como parte de una organización mayor del terreno.
Bordes florales que atraen vida
Las flores llevan el jardín hacia un registro más blando. Entre las plantas citadas aparecen Echinacea, lavatera, buddleja y agastache, colocadas para atraer mariposas y abejas. Su presencia no busca llenar el espacio, sino bordearlo con manchas de color y movimiento. El resultado se ve en las franjas que acompañan el césped y las orillas del agua: una vegetación que sube y baja en altura, y que hace menos brusca la transición entre el trazado recto de los pavimentos y las formas más libres del estanque.
Los árboles y arbustos ya existentes se suman a nuevas plantaciones del mismo carácter, de modo que el jardín no parte de cero. Esa continuidad vegetal es importante, porque da fondo a las zonas más abiertas y crea refugio para distintas especies de aves. En lugar de vaciar el plano, la plantación completa el perímetro, compacta algunas vistas y deja otras más abiertas hacia el agua y el césped.
El césped como campo de uso
El césped ocupa una superficie amplia de 650 metros cuadrados y necesita riego automático para mantenerse verde en los periodos secos. El sistema, controlado por ordenador, no aparece como un gesto técnico llamativo, sino como una respuesta directa a la escala del jardín. Gracias a él, el prado puede seguir funcionando como superficie de paso, vacío visual y remate de las rutas con piedras de paso. En un proyecto así, el agua, la piedra y la hierba tienen que convivir sin que una pieza borre a la otra.
Lo que queda es un jardín con secuencias muy claras: pavimento pesado en el acceso, terraza definida junto a la casa, tarima de madera en el agua, bordes florales alrededor y un gran césped mantenido por riego automático. El estanque de nado da sentido a ese orden porque une la parte más estructurada con la más natural. La forma orgánica del conjunto y la zona de nado rectangular no se contradicen; se necesitan para que el jardín funcione en distintos registros a la vez.
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