Casa semienterrada integrada en el paisaje
La primera señal no es la casa, sino el terreno. Un sendero estrecho corta la loma y lleva hasta una entrada discreta, casi absorbida por la vegetación. Desde fuera, la casa semienterrada apenas se adivina; desde dentro, en cambio, el paisaje se abre con claridad hacia el valle del arroyo. Esa secuencia —ocultarse en la tierra y mirar de frente al entorno— define todo el proyecto.
Un volumen que se hunde para no imponerse
En una pradera junto a un área natural protegida, una pequeña construcción existente marcaba el límite máximo para levantar la vivienda. La respuesta fue desplazar gran parte del programa hacia abajo y cubrir el resto con una loma. Así, la vivienda integrada en el paisaje reduce su presencia en la cara pública y gana profundidad en la privada, donde un patio hundido recibe luz y protege la estancia exterior de las miradas. No hay gesto escénico; hay una operación precisa sobre el terreno.
La masa construida queda plegada en niveles superpuestos. Cada estancia ocupa una posición distinta y cambia la manera en que se relaciona con el exterior. Al entrar, la sensación no es de penetrar en un sótano convencional, sino de descender por una secuencia de espacios donde el terreno, el vacío y las vistas se van alternando. Desde la parte superior ya se percibe el nivel inferior, y esa relación vertical acompaña toda la circulación.
La entrada como un corte en la loma
El acceso se alcanza por un pasaje estrecho, como si hubiera sido tallado en la pendiente. Al final aparece una gran puerta pivotante de corten, un plano pesado y rojizo que marca el paso entre el exterior y el interior. Ese detalle de corten no funciona como adorno; concentra la entrada, fija el umbral y hace visible el cambio de escala entre el sendero, la loma y la vivienda. La secuencia de llegada es breve, pero deja claro cómo se ha construido el refugio.
La geometría curva del volumen limita la altura sobre rasante y empuja la casa hacia un lado del terreno. En el interior, esa curva se convierte en techo, muro y recorrido. La parte alta aloja la zona de estar; la profundidad recoge la escalera y el vacío central. La arquitectura curva organiza la sección con una claridad poco habitual: no hay pasillos largos ni transiciones neutras, sino un solo gesto que enlaza niveles y conduce la luz.
Luz natural en el centro del recorrido
La luz entra desde arriba, cae por el borde curvo del techo y acompaña el descenso hacia las plantas inferiores. La vivienda no depende de aperturas puntuales, sino de una ranura central que deja ver el cielo desde el interior. Sobre la escalera y el ascensor de vidrio, ese hueco actúa como una chimenea de claridad. Gracias a ello, la luz natural alcanza incluso la estancia más baja, situada a seis metros bajo el nivel del terreno, donde todavía se puede circular sin encender las luces durante el día.
El patio hundido, al otro lado, amplía esa lectura vertical. Desde la sala de estar se mira hacia abajo, hacia una terraza inferior que aparece como un plano recogido entre tierra y vegetación. La vivienda trabaja con dos movimientos opuestos: hundirse para ganar intimidad y abrirse para mantener el contacto visual con el paisaje. En medio queda un vacío preciso, medido, que hace de articulación entre interior, tierra y cielo.
Una privacidad construida con topografía
La parte privada del conjunto se protege con la propia geometría del terreno. El patio hundido recibe sol y aire, pero queda fuera de la vista desde el camino. Es un espacio exterior pequeño, resguardado por las paredes de tierra y por la loma que cubre la casa. Desde allí sólo se ven el cielo, las copas de los árboles y el borde de la vegetación. Esa combinación de privacidad y vistas explica por qué el proyecto funciona con tanta soltura pese a su implantación tan contenida.
También cambia la relación entre cada planta y el paisaje inmediato. La sala principal se abre hacia una floración densa junto al exterior; más abajo, la zona de dormir se sitúa muy cerca del terreno y recibe la claridad a través de la ranura central. Las estancias no se leen como piezas repetidas, sino como niveles con distinta proximidad al suelo, al horizonte y al sonido del entorno.
Hormigón visto, madera envejecida y vidrio
Los suelos, paredes y techos están resueltos en hormigón visto, sin revestimientos superfluos. La superficie mantiene un tono sereno y deja que el exterior tome protagonismo. En esa misma línea, la fachada incorpora madera que envejece con el tiempo y carpinterías de aluminio, materiales elegidos por su bajo mantenimiento. El conjunto se completa con grandes ventanales que abren vistas concretas al valle y al jardín, sin convertir la casa en una caja expuesta. El interior queda definido por planos precisos, no por gestos decorativos.
La cubierta verde prolonga la topografía y hace que la vivienda se lea como parte del terreno, no como un objeto posado sobre él. En las imágenes, el volumen curvo aparece entre praderas, flores y senderos, con una presencia baja y compacta. Esa relación con la vegetación cambia con las estaciones: la loma, el techo y el jardín se confunden en una misma capa blanda, mientras el vidrio recorta vistas y el hormigón fija los límites.
Un interior que se entiende por secciones
La escalera, el ascensor de vidrio y el vacío central explican la casa mejor que cualquier plano en planta. Desde arriba se intuye el descenso; desde abajo, la luz cae en una línea estrecha que ordena el espacio. La vivienda también se ha pensado para ser accesible y duradera: la elevación vertical funciona sin pasillos ni escalones intermedios, y la apertura de las estancias facilita el uso cotidiano. En lugar de acumular recursos, el proyecto recurre a una estructura espacial legible y directa.
El detalle constructivo acompaña esa sobriedad. Un marco de madera se desplaza delante de la gran corredera sobre el jardín inferior cuando se abre, reforzando la sensación de apertura sin perder control sobre el espacio. En otras zonas, la luz lineal del techo subraya las juntas y las transiciones entre planos. La casa no busca disimular su condición semienterrada; la usa para ordenar la experiencia interior y para hacer más evidente cada cambio de nivel.
Una casa pequeña, pero muy precisa en su huella
La vivienda ocupa poco suelo y aprovecha su posición bajo tierra para estabilizar el clima interior. La ganancia térmica del terreno, junto con la bomba de calor que utiliza energía del subsuelo, contribuye a un comportamiento eficiente. No es un argumento añadido al final del proyecto: forma parte de la misma decisión de enterrar el programa y dejar que la loma haga parte del trabajo. El resultado es una casa compacta, con una huella contenida y una relación directa con su entorno inmediato.
Entre los reconocimientos recibidos figuran su selección para una exposición en 2025, la nominación a Building of the Year, el Dutch Daylight Award de 2024 para proyectos de menos de 1000 m2 y la inclusión entre los 100 mejores proyectos del año por ArchDaily. También apareció en la longlist de los Dezeen Awards en 2023. Más que una lista de premios, esos hitos confirman la atención que ha generado una vivienda que convierte la tierra en espacio habitable y la luz en la verdadera estructura del proyecto.
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