Casa de campo con volumen interior abierto
Las vistas empiezan antes de que termine el recorrido interior. Un gran paño de vidrio encuadra el verde exterior y, en lugar de cortar la relación con el paisaje, la prolonga hasta la sala. La casa de campo interior cambia así de escala: de las habitaciones cerradas y los techos bajos a un volumen interior abierto que deja pasar la luz, el aire visual y la lectura de cada estación.
Ventanas grandes con vistas al verde
La primera impresión está marcada por las ventanas grandes con vista y por una secuencia de huecos que ordena la casa desde dentro. Lo que antes eran estancias compartimentadas se abre en horizontal y en vertical. El resultado no depende de gestos llamativos, sino de la retirada de límites: el techo sube, las miradas cruzan de una estancia a otra y el exterior entra en la composición cotidiana. En este contexto, la casa de campo interior funciona como un observatorio doméstico, atento a los cambios del paisaje que se ven desde el sofá, la mesa o la cocina.
Ese cambio de proporción se percibe también en los materiales. Las vigas originales, ahora revestidas con madera recuperada de antiguos chalets, dejan de ser un fondo discreto para formar parte de la lectura general del espacio. La madera no se limita al techo: aparece en el mobiliario de la cocina y en piezas puntuales del interior, y conecta las superficies entre sí sin borrar sus diferencias. Frente a los cerramientos anteriores, el volumen interior abierto introduce una sensación de recorrido continuo, con zonas que se reconocen por la luz, no por muros innecesarios.
Una sala que mira sin perder textura
La sala muestra cómo la estancia con vistas puede apoyarse en pocos elementos bien colocados. Dos sofás de terciopelo azul se orientan hacia una gran ventana y hacia una pared de piedra que aporta masa visual al conjunto. Entre ambos, una mesa redonda de madera suaviza la composición y evita la rigidez de un esquema completamente lineal. El suelo de madera y la alfombra de pelo largo acompañan el ritmo de los asientos, mientras la apertura del vano mantiene el verde siempre presente al fondo.
En otra toma, la misma estancia aparece desde un ángulo que deja ver mejor la pared mineral. La piedra, más que decorar, fija la sala al edificio y contrasta con la tapicería azul de los sofás. No hay exceso de piezas ni una acumulación de objetos; el interés está en cómo cada material toma parte en la escena. La ventana no actúa como un cuadro aislado, sino como una superficie activa que cambia con la luz exterior y refuerza la idea de volumen interior abierto en toda la planta principal.
Cocina con isla, piedra y madera visible
La cocina con isla fue el punto de partida del encargo, pero el proyecto terminó ampliando mucho más ese alcance inicial. La pieza central es un bloque de madera con una encimera robusta, acompañado por frentes también en madera y por un pavimento de losas grises de piedra natural. Encima, las vigas vistas retoman la estructura original y la llevan al primer plano. La composición mezcla superficies pesadas y trazos limpios, con una presencia material que no necesita ornamentación para sostener la estancia.
En el frente de trabajo aparece una pared de mármol blanco junto a un pequeño armario acristalado y la zona de cocción. Ese plano introduce un registro más claro dentro de una cocina dominada por la madera y la piedra. La relación entre el bloque central, la pared marmórea y el suelo mineral hace que la cocina se lea como parte del mismo volumen interior abierto, no como una pieza aislada. Desde aquí también se entiende mejor la intención general: abrir, extender y dejar que las superficies respiren con la luz que entra desde fuera.
Materiales que sostienen el cambio
La madera recuperada de las vigas y los frentes de cocina establece un hilo continuo. A su lado, la piedra natural en el baño y en el suelo de la cocina introduce peso y textura, mientras el mármol blanco aporta un contraste más liso y preciso. No se trata de sumar materiales por contraste, sino de ordenar la vivienda a partir de ellos. Cada uno aparece en una posición concreta: el techo, la pared, el mueble, el pavimento. Así, el volumen interior abierto gana profundidad sin perder claridad en la lectura de cada zona.
Piedra natural en el baño y un mueble de madera preciso
El baño sigue esa misma lógica de materia visible. Una pared de piedra natural, compuesta por piezas apiladas en tonos grises y blancos, sirve de fondo a un mueble de madera de roble y a un lavabo también en piedra. La grifería metálica introduce un brillo puntual, suficiente para marcar el uso sin competir con la textura del muro. Aquí la piedra natural en el baño no aparece como decoración suelta, sino como superficie que organiza la luz y da espesor al espacio.
La proximidad entre el mueble de madera y el lavabo pétreo muestra una manera sobria de trabajar el detalle. Todo se apoya en proporciones claras: el volumen del mueble, la irregularidad controlada de la pared y la continuidad del plano vertical. Frente al carácter más abierto de la sala y la cocina, este ambiente recurre a una lectura más íntima, pero no abandona el lenguaje del proyecto. También aquí la casa de campo interior mantiene la conexión con los materiales principales y con una idea de construcción muy legible.
Terraza, chimenea exterior y ventana hacia el invierno
En el exterior, la casa se muestra con una fachada blanca, carpinterías negras y grandes superficies acristaladas que repiten el diálogo con el paisaje. La chimenea exterior en terraza aparece como un punto de reunión junto a una envolvente de piedra, y el espacio abierto alrededor conserva la sensación de amplitud incluso en invierno. La nieve residual y la vegetación baja hacen visible la estación, algo que en el interior se percibe desde los ventanales como parte del mismo relato espacial.
La imagen exterior no se separa del proyecto interior, lo completa. Desde el salón, la cocina o la estancia con vistas, la lectura siempre vuelve a esos huecos amplios que conectan la vivienda con el terreno. La casa cuenta incluso con un estanque natural con peces, patos y otra fauna, un dato que explica por qué la apertura interior tiene sentido aquí: el paisaje no es fondo, sino contenido cotidiano. Por eso el volumen interior abierto no es solo una decisión formal, sino la forma de dejar que la casa mire hacia fuera sin perder el peso de la madera, la piedra y el mármol.
En conjunto, la transformación desplaza la atención desde la compartimentación hacia la continuidad visual. Las vigas de madera recuperada, la cocina con isla, la piedra natural en el baño y las ventanas grandes con vista construyen un interno que ya no se entiende por piezas aisladas. Todo se ordena por la relación entre materia y horizonte, entre superficie y apertura. La casa de campo interior resulta así más clara, más legible y más atenta a lo que cambia del otro lado del vidrio.
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